Ibiza

proud as a peacock

ibiza

 

spring-summer 2019

Estamos en una Ibiza arcaica, parte de un pequeño y remoto archipiélago mediterráneo prácticamente desconocido. Esta Ibiza aún por descubrir no es una isla rica y su sociedad, fundamentalmente rural, vive fragmentada territorialmente en pueblos aislados de estrictas normas ancestrales. Una realidad económica y un modelo social que va a cambiar drásticamente a partir de los sesenta y en muy poco tiempo, con el turismo masivo y la sobreexplotación urbanística. Es un periodo en el que los ibicencos, rechazando los años de pobreza, darán la espalda a todo lo pagès, su propia identidad, incluidos los objetos, vestimenta y costumbres rurales. La labor de recuperación y revalorización de este patrimonio cultural se iniciará a mediados de los noventa por el Consell Insular de Eivissa, formando a maestros que rescatarán artesanías y técnicas elaborando indumentaria como los rifacus, las enaguas bordadas, produciendo sombreros tradicionales, los capells de palma i de floc, así como alpargatas, las espardenyes de pita, o instrumentos musicales.

Hasta veinticuatro anillos de oro, tres para cada dedo de las manos, exceptuando los pulgares. Este es el regalo que la novia recibe de su prometido e indica que pronto se concertará la fecha de la boda. El novio los entrega envueltos en un pañuelo frente a la familia de ella. Tiene la obligación de que sean veinticuatro solo si la que será su esposa posee todas las joyas que componen la emprendada: los collares, cadenas, cruces y medallones de oro que la engalanarán cayendo desde los hombros hasta la cintura. Si no es así, el novio regalará un número de anillos proporcional a las piezas que ella aporte. Para hacer público el compromiso ante el pueblo, ella los lucirá en la iglesia el domingo siguiente de su entrega. Su periodo de galanteo y cortejo habrá acabado. Cuando la novia deja su casa, únicamente son suyas las ropas y alhajas que lleva puestas. Por ello las jóvenes más afortunadas llegan cubiertas de oro al altar. La indumentaria tradicional de la mujer evolucionó en tres tipos de vestidos –además de la vestimenta cotidiana de trabajo. La indumentaria más antigua, la gonella negra, estaba confeccionada con una tela muy rudimentaria tejida en casa a base de lana, cáñamo o lino, una artesanía casi perdida que hoy se ha recuperado. Era una túnica con unas acanaladuras por la parte posterior que hacían que se ajustara al cuerpo. Por delante estaba cubierta por un delantal bordado que se tarda más seis meses en acabar.
La utilización de tejidos más ligeros, como el algodón, hizo que este vestido se transformara en las llamadas gonella blanca y gonella de color, dependiendo de la coloración de la falda. La gonella blanca se usaba en verano y, contrariamente al discurso turístico difundido en los años setenta, no se trata de un vestido de novia. Esta confusión se vio favorecida porque el baile tradicional de Ibiza, el ball pagès, es una danza de cortejo de fácil relación con una boda, aunque se baile en muchas ocasiones además de las ceremonias matrimoniales. Es un galanteo muy emblemático, de fuerte carga simbólica, en el que el hombre parece dominar la situación con su actitud enérgica y saltos vigorosos. Es él quien decide el inicio de la danza cuando, con un sonoro golpe con una de las grandes castañuelas, llama a la mujer escogida a bailar. A pesar de la mirada baja y de los pasos cortos de la mujer, es ella quien dirige la coreografía dibujando ochos con su baile, que el hombre sigue sin darle nunca la espalda mientras sigue brincando a su alrededor, en busca de admiración. El baile finaliza con una genuflexión de él hacia ella en señal de devoción. Las danzas populares, muy vinculadas al medio rural, se organizaban de forma espontánea entre familiares y vecinos, especialmente durante el verano, al finalizar las tareas del campo.

Ommm

Mientras el sol se pone en mar de la costa oeste de Ibiza, sus últimos rayos se reflejan en la lámina de pan de oro de veintitrés quilates que cubre el extremo del monolito central de la obra del land artist de Melbourne, Andrew Rogers. Cumpliendo el rito ibicenco del culto al sol, pequeños grupos se acercan en silencio a ver cómo desaparece en el Mediterráneo. En el suelo, símbolos dibujados con piedras prueban meditaciones recientes.
La vista del islote de Es Vedrà al atardecer es imponente. El bloque de diez metros de basalto sólido, extraído y tallado en Turquía, está alineado con el ocaso del solsticio de invierno y junto a doce columnas dispuestas según la secuencia de Fibonacci, que representan la trayectoria de los planetas alrededor del sol, forman Time and Space – The Speed of Life. Una visión del tiempo, el espacio y la interconexión de la humanidad.
La obra, instalada por el artista en el litoral escarpado cercano a cala Llentia con el mecenazgo de Guy Laliberté, fundador del Cirque du Soleil, es parte de la serie Rhythms of Life: geoglifos o trabajos monumentales en piedra que Rogers asienta directamente en “lugares topográficamente interesantes”.

say cheese!

Una tarta cuyo sabor se remonta a la Edad Media. Dulce, con aroma a menta, pero hecha a base de queso de cabra y oveja. Es el más peculiar y solicitado de los postres en Ibiza –por residentes y visitantes–, aunque sigue siendo un desconocido fuera de la isla. El flaó, hoy protagonista en los escaparates de las pastelerías todo el año, originariamente se comía solo el Domingo de Pascua. Que fuera el dulce con el que se celebraba el final de la Cuaresma, no es de extrañar. La Semana Santa suele coincidir con los últimos días de marzo o los primeros de abril, momento en el que los quesos están en su punto óptimo y el flaó es mejor. Se trata de un pastel con una base dulce, preparada con harina, huevos, azúcar, un poco de manteca, ralladura de limón y anís, que se cubre con un relleno de queso tierno de cabra, queso de oveja, huevos y hierbabuena, como ingredientes distintivos. Un auténtico flaó tiene que ser de sabor intenso y olor penetrante. Un flaó suave sería un sacrilegio para un ibicenco.

drink your
medicine

Tomillo, hinojo, romero, manzanilla, hierbaluisa, espliego, enebro… Son algunas de las plantas que componen la fórmula de las herbes eivissenques, el licor de hierbas tradicional de Ibiza y Formentera. Un espiritoso anisado con propiedades digestivas que se saborea en largas sobremesas. Según el rito, se debe elaborar con un número impar de plantas para no anular sus efectos medicinales, pero lo cierto es que hay tantas recetas como productores. Las especies se recolectan en mayo y junio, cuando están en flor, y se maceran tres meses en una proporción secreta de licor de anís seco y dulce. Luego se rectifica el sabor, haciéndolo más amargo con tomillo o endulzándolo con anís. Su origen, en el XIX, se debe a Joan Marí Mayans, quien se ganaba la vida navegando a Barcelona en su llaüt para abastecer a la aislada isla de Formentera de los enseres que carecía. Introdujo el alambique y la destilación y creó la primera fabrica que después trasladó a Ibiza. Hoy la denominación geográfica “Hierbas Ibicencas” avala la calidad de este licor. El cartel pintado de la imagen recuerda las que para muchos fueron las mejores herbes, las de Ca n’Anneta, el del Bar Anita de Sant Carles, famoso punto de reunión hippy pues era también la estafeta donde esperaban sus giros postales.

in black and
white

Impecablemente blanco, alto de copa, de ala ancha rígida y rodeado por una banda larga de raso negro que cae por la espalda. Es el capell de floc, sombrero de cinta, un elemento diario indispensable en el vestuario tradicional de la mujer ibicenca. Ligeramente ladeado y con el pañuelo amarillo de algodón, acompañaba al vestido de color que llevaba con delantal largo y sin joyas. Se elabora con la hoja del palmito, la pequeña palmera mediterránea, y se emplea un año entero en terminar un sombrero. Seis meses se tarda en tejer los noventa metros necesarios de llata, la trenza de dos o tres milímetros de ancho que se confecciona con la hoja tras haberla deshilachado en siete hebras finas. Aproximadamente es preciso el mismo tiempo para coser en espiral el filo de esta trenza, formando primero la copa y luego el ala, hasta que toda ella se convierte en sombrero. El color y la rigidez característicos se consiguen pintándolo con varias capas de una mezcla a base de blanco de España que se espesa con cola de pescado a la que cada artesano añade su propio ingrediente. Un secreto que difícilmente revelará.
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