Sevilla

exquisitely equine

 

sevilla

 

autumn-winter 2018/2019

La cultura sevillana ha sido modelada por la mezcla de influencias. La torre del Oro, un baluarte junto al río, es una construcción almohade prolongada con otra mudéjar y rematada en el Barroco. Casa de Pilatos, paradigma de palacio sevillano, combina el gótico mudéjar con el estilo renacentista y el romántico. Un alarde de suntuosidad y preciosismo. Es la misma minuciosidad que encontramos hoy en ciertas tradiciones artesanas hispalenses destinadas a reyes, nobles, coleccionistas y museos. El taller lebrijano de Francisco Dorantes, proveedor de la casa real y Premio Nacional de Artesanía, se encuentra entre los cuatro que forman la élite guarnicionera mundial. También la loza de la Cartuja de Sevilla ha sido elegida por monarcas y aristócratas. Esta es la Sevilla que os queremos mostrar.

Uno de sus próximos proyectos es el carruaje del duque de Montpensier, heredero del último rey de Francia, y entre los ya finalizados se encuentran la berlina de Isabel II desde la que saluda el alcalde de Londres, Sadiq Khan, en los actos oficiales y las carrozas que la Casa Real española utiliza en la presentación de credenciales de los embajadores extranjeros. Solemnes y suntuosos coches de caballos a los que las manos de esta familia de artesanos andaluces han restaurado el esplendor. Trabajan juntos en el taller que, en 1994, abrió Francisco Dorantes en Lebrija, un pueblo al sur de la provincia de Sevilla, donde aún perdura una de las artesanías equinas tradicionales más antiguas, la guarnicionería: el oficio de trabajar el cuero con el que se enganchan los carruajes a las caballerías.

Llegamos hasta el taller, en el 63 de la calle Corredera, una casona de quinientos metros cuadrados, antigua bodega de vino jerezano cuando era propiedad de los abuelos de Francisco, hoy transformada en un cálido lugar de trabajo de techos altos, amplios ventanales, suelos cerámicos y paredes empapeladas. En la puerta de roble de la entrada, una aldaba de bronce con la forma de una mano de mujer sosteniendo una manzana y, como única identificación, el monograma de Dorantes Harness Design –DHD– dibujando el bocado de un caballo en latón remachado.

Nos recibe Marcos, sobrino de Francisco, uno de los catorce miembros, la mayoría familia, que componen la guarnicionería. Mientras nos acompaña, nos describe los cueros, charoles, borlajes y metales de los arneses terminados y expuestos en la sala. Comprobamos la perfección de las puntadas hechas a mano, la belleza de las líneas y proporciones en los correajes, la filigrana en el hebillaje y la calidad impecable de las pieles. Rasgos que, en 2005, consiguieron que Dorantes recibiera un primer encargo de Patrimonio Nacional y se convirtiera en proveedor oficial de la Casa Real.

“Poco a poco, fuimos entrando en el mundo del lujo y el coleccionismo privado a través de nuestros clientes más selectos”, nos explica Francisco. De esta manera, su nombre se unió al de Moirano en Italia, Van der Wiel en Bélgica y Freedman en Canadá como parte de la élite mundial especializada en la restauración y conservación de guarniciones históricas y enganches tradicionales. Una labor que, además de maestría con la aguja, precisa de rigor en la investigación histórica y conocimiento del proceso químico al que fue sometida la pieza. En reconocimiento a su trayectoria, Guarnicionería Dorantes fue galardonada con el Premio Nacional de Artesanía 2015.

bravura

Sevilla entera vive bajo su embrujo, pero al cruzar el puente, en el barrio de Triana a la rivera del Guadalquivir, el sentimiento flamenco alcanza lo más hondo y llega a sus raíces. El origen del flamenco está envuelto en brumosas conjeturas, pero las más sólidas afirman que al principio, hará unos dos siglos, no había baile ni guitarra, sólo cante, y se entonaba en el triángulo formado por Triana, Jerez y Cádiz.
Ha sido atribuido a la etnia gitana que llegó desde la India, pero el flamenco es mestizaje: fusión de lo morisco con lo andaluz, árabe, judío, castellano y también gitano. Un producto genuino de Andalucía, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, que en Triana ha tenido uno de sus principales escenarios. De allí no solo han salido grandes maestros sino un estilo propio de cante y baile flamenco, la soleá de Triana.
Es en este barrio sevillano donde con mayor probabilidad puede ser visto en una actuación el huidizo duende del flamenco, aquel que en el imaginario andaluz va más allá de la técnica o la inspiración y concede al cante, la guitarra o el baile un encanto misterioso imposible de describir con palabras. Triana tiene duende.

tapestry of time

Es la casa palacio de mayores dimensiones y, seguramente, la más desmedida de las veinticinco que tiene la ciudad de Sevilla. Su interior es un excesivo y armonioso enredo que combina la tradición gótico mudéjar de la última Edad Media con las innovaciones del Renacimiento italiano y el gusto romántico de mediados del siglo XIX. A pesar de ello, el Palacio de los Adelantados Mayores de Andalucía –los máximos dignatarios reales–, más conocido como Casa de Pilatos, es Monumento Nacional y está considerado el mejor edificio nobiliario andaluz. Su historia de más de cinco siglos discurre paralela a la de Sevilla.

Gran parte del aspecto actual del palacio se debe al primer marqués de Tarifa, quien inicia su renovación renacentista en el siglo XVI, deslumbrado por la nueva Italia y a su sobrino, el primer duque de Alcalá y virrey de Nápoles, un apasionado coleccionista de escultura clásica cuyas estatuas embellecen la casa. El marqués, además de ampliar el patio principal, dotarlo de columnas genovesas y una fuente de mármol, vistió salones, galerías y escaleras con las mejores técnicas del arte mudéjar. Envolvió arcos y muros con yeserías

caligráficas o geométricas, formando arabescos o mocárabes; tapizó las paredes con paños de azulejos de colores usando 150 motivos distintos o con miles de reflejos metalizados y cubrió de oro las techumbres con colgaduras y los artesonados con casetones.

La conciencia de estar en el interior de una obra de arte se adquiere desde el instante en que se accede al patio. Las cuatro esculturas de deidades romanas que guardan sus esquinas, aportadas por los renacentistas, se contraponen al preciosismo mudéjar de los arcos de yesería y los coloridos azulejos geométricos, y el conjunto se culmina con el suelo de mármol y las ventanas nazaríes de gusto romántico. Diversidad de estilos conviviendo en armonía. El resultado es excitante y continúa en otro de los espacios protagonistas del palacio: la escalera principal. Monumental, ornamentada y policromada con la máxima riqueza, cuidando minuciosamente el detalle. Es en sus ocho diferentes techos dorados donde su suntuosidad es más espectacular. Especialmente en el último que la corona con una soberbia cúpula de madera tallada cuyo complejo diseño se expande desde el punto más alto. Emocionante.

doing dishes

Las vajillas de La Cartuja de Sevilla llevan casi 200 años en las mesas de las casas reales y dignatarios, pero también en las grandes celebraciones de la mayoría de familias españolas. Tras su relanzamiento en 2014, la refinada marca de loza mantiene su legado histórico, produciendo y reeditando su catálogo clásico, pero también recupera el espíritu revolucionario de su fundador, Charles Pickman, con piezas nuevas. El que sería marqués de Pickman instaló su fábrica de loza en el antiguo monasterio cartujo de Santa María de las Cuevas en 1841. Las innovaciones técnicas que instauró llevaron la Revolución Industrial a Sevilla. Las formas nunca vistas de sus piezas y sus decoraciones en colores como verde francés, castaño claro, azul celeste, negro china y rosa hicieron de él proveedor de la Casa Real española. La fuente redonda ochavada de la imagen está decorada con el motivo Negro Vistas y viene reproduciéndose sin apenas cambios desde 1841. Su grabado está inspirado en el paisaje chinesco y azul de la willow ware –vajilla del sauce– creado en Inglaterra. En él aparece siempre uno de tales árboles y una pareja de golondrinas que, según la fábula inglesa, son dos amantes transformados por los dioses para salvarlos.

a flick of the wrist
Deben ajustarse bien a la palma de la mano sin sobresalir y, aunque existen tallas, bailarines y solistas se las prueban meticulosamente ya que sus medidas pueden variar algún milímetro al estar fabricadas de forma artesanal. Un par de castañuelas está formado por una con el tono más grave, a la que llaman macho, que marca el ritmo desde la mano izquierda y otra, conocida como hembra, que posee el tono más alto, se toca con la mano derecha y adorna las combinaciones de la primera. Dependiendo del material con que se fabriquen las castañuelas –o palillos, como las llaman en Andalucía– cambian el timbre e intensidad de su sonido. Las realizadas con madera de granadillo son más finas y armónicas, mientras que las hechas con láminas de papel prensadas impregnadas en resina son muy sonoras. Como la guitarra española, están consideradas un instrumento nacional y existen en España grandes concertistas de castañuelas, pero generalmente se oyen repicar en bailes folclóricos –sevillanas, fandangos, seguiriyas…– o en la danza clásica española. ¡Ria-pitá!
fanfare
Un experto golpe de muñeca, se despliegan las varillas –con un sonido como de naipes al mezclarse– y se abre el abanico. Así, con gracia y una sola mano, desvela el interior de su abanico la bailarina clásica española y con el mismo gesto rápido extiende el suyo la mujer sevillana. Ya sea vestida de faralaes con el tradicional traje de flamenca en la Feria de Abril, como en la solemnidad de una ceremonia o la situación más cotidiana. El abanico plegable ha pasado de ser complemento indispensable para aliviar el calor del clima sevillano a formar parte del espíritu hispalense. Nacido en Japón, se extendió en Europa a partir del siglo XV como un refinado símbolo de estatus, una bella excentricidad. Más tarde, durante el XIX, las damas usaban sus movimientos como señales encubiertas de cortejo amoroso. En 1870, el periódico madrileño Boletín de Loterías y Toros descubría su código compuesto por veintisiete signos, entre los que “morder el abanico” significaba “cita”, “abrirlo solo una vez” era “bailará usted conmigo” o “abrir la boca con el abanico” quería decir “voy al teatro”. Todo un lenguaje gestual.
Utilizamos cookies para mejorar nuestro sitio y su experiencia de compra. Al usar este sitio usted acepta nuestra política de cookies