Valencia

Grandeur and Splendor

 

valencia

 

autumn-winter 17/18

La sala es emocionante. Once grandes telares de madera de siglos de antigüedad, dispuestos en hilera, se alzan hasta el techo. De cada uno salen miles de hilos alineados formando urdimbres. A su alrededor, bobinas de cientos de radiantes colores ordenadas por matices. Solo se escucha el ruido rítmico del artesano que pisa los pedales, mientras hace pasar las lanzaderas que forman la trama y crean el dibujo a la vez que la tela. Seda tejida a mano con el mismo proceso, igual calidad y exactos motivos intrincados que hicieron famosa a Valencia en el Barroco y, antes, durante el Renacimiento. Esa era la ciudad que queríamos conocer. La Valencia artesana, la sedera, la heredera de los miles de maestros tejedores que en el siglo XV la hicieron una ciudad cosmopolita, seductora y vitalista situada justo en el centro de la costa levante español, con una intensa actividad comercial equiparable a Venecia, Génova o Marsella, en la que se construían edificaciones tan esplendorosas como la Lonja de Mercaderes. Uno de los núcleos de la Ruta de la Seda y ciudad encrucijada de culturas que, conviviendo en armonía, formaron su actual carácter abierto y hospitalario.

Smooth as silk

¿Alguna vez has imaginado como hubiera sido tu día a día en el refinado, decadente y barroco siglo XVIII? Si hubieras sido noble, pertenecerías a la nueva élite urbana y dilapidarías buena parte de tus rentas en suntuosos gastos para demostrar públicamente tu posición. Vestirías a la francesa, como toda Europa, en colores vivos o en los nuevos tonos pastel, tan de moda. Faldas ahuecadas por los costados sobre un armazón de cañas, casacas brocadas de las que emergerían chorreras y volantes, pelucas blancas con bucles que caerían sobre los hombros y pañuelos en ese nuevo tejido indio traído por los ingleses llamado muselina. Agasajarías a tus invitados con chocolate caliente. Tus linos serían de Malta; tu algodón, inglés; la tela de tus vestidos con sus lazos y cintas llegarían de Francia; tus encajes, de Venecia y, por supuesto, todos tus tejidos de seda – damascos, tafetanes, terciopelos espolines, y moarés – serían valencianos. En el siglo XVIII, quien se preciaba de conocer lo exquisito sabía de la destreza de los tejedores de seda de Valencia y de la calidad de su materia prima. Eran tejidos inigualables. La mitad de la ciudad vivía de la seda y prácticamente toda la provincia la producía. Habían sido los tejedores de terciopelo genoveses, trescientos años antes, quienes habían introducido su fabricación y los artesanos valencianos incluso hicieron suyo el nombre. El “velluto” italiano pasó a ser “vellut” y quien lo tejía, “velluter”, término que acabó por ampliarse a todos tejedores de seda, no solo a los de terciopelo, y dio nombre al barrio donde se concentraban sus talleres. Allí los telares se contabilizaban por miles y su actividad fue tan intensa que llegó a conformar el aspecto, historia y sociedad valencianas. Hoy, de aquel esplendor artesano, solo sobreviven dos testigos.

A pocos kilómetros de la ciudad, en la población de Moncada, los once telares de madera con máquina Jacquard de 1801 de la fábrica Garín siguen produciendo el más apreciado y exclusivo tejido de seda: el espolín. Flores, ramos, guirnaldas, formas vegetales, cintas, lazos, orlas, líneas sinuosas van siendo dibujadas a medida que las manos tejen la tela con pequeñas lanzaderas. En una jornada de ocho horas se producen unos veinte centímetros. Un parámetro insostenible para cualquier negocio, por eso la séptima generación de esta empresa familiar que lleva produciendo cerca de 200 años acordó ceder al Ayuntamiento sus instalaciones y su valioso patrimonio para la creación de un museo, a cambio de que la fábrica siga en actividad y gestionada por la familia. Esto convertirá a Garín, en 2018, en el único museo textil vivo del país. Otro centro expositivo de reciente creación, el Museo de la Seda de Valencia, instalado en el edificio gótico que fue la antigua sede del gremio, es casi la segunda casa de Don Vicente Enguídanos, un venerable “velluter”, cuarto descendiente de tejedores y heredero final de los secretos del oficio de terciopelero. Es el último artesano capaz de tejer el terciopelo a mano. Tan entrañable como inteligente, sabe que ya no es posible traspasar sus conocimientos, pero también que Valencia debe recordar la labor de los innumerables maestros que la convirtieron en capital de la Ruta de la Seda e hicieron necesaria la construcción del imponente edificio de la Lonja para albergar la frenética actividad mercantil que generaban. Por ello él mismo ha montado su viejo telar en el Museo. “No necesitas saber manejar la máquina que ves en un museo –explicaba–, pero es importante que esté ahí como testimonio de lo que te aportó”.

Twinkle, Twinkle, Little Star

Valencia luce en todo su esplendor. Durante el Cuatrocientos, sus escritores, artistas, humanistas y científicos dan lugar al Siglo de Oro valenciano, un trascendente movimiento cultural y una etapa de prosperidad artesanal y desarrollo financiero. Con la nueva mentalidad renacentista, Valencia vive y viste con desenfadada opulencia, se suceden las fiestas de nobles y burgueses y sus calles están inusitadamente animadas por la noche.
Es una urbe cosmopolita y uno de los núcleos comerciales más activos del Mediterráneo que atrae a numerosos mercaderes italianos, franceses y alemanes. La principal industria es la textil y testimonio de la importancia su actividad es la construcción de la Lonja de la Seda, un espectacular centro de transacciones, ejemplo excepcional del gótico civil europeo, declarado Patrimonio de la Humanidad, y demostración emblemática del prestigio social del sector.
Diseñada como un templo al comercio, la Lonja presenta un marcado carácter simbólico. En la imagen, las bóvedas del techo de la Sala de Contratación y dos de sus ocho altas columnas helicoidales que originariamente representaban palmeras sosteniendo el firmamento, pues las cúpulas estaban pintadas de azul con estrellas doradas.

En suite

Riqueza, adorno y exceso. Pura abundancia y filigrana en grandes joyas, engarzadas con metales tan nobles y piedras tan preciosas como su compradora pueda permitirse, engastadas con diminutas perlas o incrustadas de coral y nácar. Porque, por muy desmedido que de entrada pueda parecer, este conjunto de alhajas con diseño a juego es parte indispensable del traje tradicional oficial de valenciana. Se llama aderezo, un invento barroco del XVIII, el siglo de máximo esplendor en Valencia gracias a la seda, y es un legado único que la orfebrería artesana ha hecho llegar hasta el XXI. Independientemente de su suntuosidad, los aderezos deben estar compuestos, si no de todas, de ciertas joyas. Elisa Peris Roca, hoy al frente del taller de orfebrería fundado por su abuelo en 1918, nos las explica. Los “pinchos”, agujas para el cabello rematadas con adornos, sostienen los complejos moños.
De la gran variedad de pendientes, siempre largos, las girandoles francesas –aquí, girandolas– que muestra la imagen son los más barrocos, aunque los de barquillo, con sus tres colgantes de perlas, son una creación exclusiva de la orfebrería local. El gran broche para el pecho, conocido como “la joya”, o los que adornan el cuello son otras piezas muy tradicionales, aunque es la peineta “la única que puede ser considerada autóctona”, aclara Elisa. El origen utilitario de la peineta se evidencia en su propio término valenciano: la “pinta” era el peine de plata labrada que se convirtió en ornamento al dejarse en el cabello recogido. “Se fabrican a mano –nos cuenta la orfebre– a partir de una plancha de plata o latón que se cincela sobre una superficie de acero, plomo o resina". En el Siglo de las Luces, no bastaba con ser noble, había que aparentarlo.

straight from the pan

Es tan cosmopolita que en 2016 le diseñaron un emoji y los valencianos, que la consideran una de sus señas de identidad, llegaron a viajar a Japón y Silicon Valley para que el icono incluyera los ingredientes tradicionales. La paella –como la cassoulet francesa o el tajín árabe– adopta el nombre del utensilio en el que se cocina. Una sartén en la que el mango ha sido sustituido por dos asas para manipular el peso del guiso y que llega a diámetros insospechados, cuando ha de alimentar a cientos de personas. La cazuela convencional en la que se cocinaba originariamente la paella, un sencillo plato de arroz elaborado con productos del entorno –la huerta valenciana y la laguna de la Albufera–, fue evolucionando hasta el actual recipiente de escasa profundidad y fondo plano en hierro o acero pulido, capaz de cocinar mayor cantidad de arroz y de forma más homogénea, para que quede seco y suelto, como corresponde a la receta. La paella se cocinaba sobre una fogata de leña y se comía directamente del mismo recipiente con una cuchara de madera. Primero, el arroz, dejando el resto en el centro, para el final. Transformado hoy en el plato festivo por excelencia que suelen cocinar los hombres, es motivo de grandes reuniones de familia y amigos.
orange whisper
Simboliza inocencia, augura buena fortuna y se dice que su delicado perfume tiene efecto sedante, capaz incluso de calmar los nervios de una novia, por ello la flor del naranjo es tradicional en sus ramos. Ese misma fragancia a azahar –palabra de origen árabe que significa “flor blanca”–, inunda los campos de la huerta valenciana en primavera y también alguna de las calles de la ciudad. El naranjo, que se propagó por Oriente gracias a la Ruta de la Seda, llegó a Valencia de manos de los árabes como un árbol ornamental. Con los siglos, su cultivo evolucionó extendiéndose en grandes y prósperos huertos cercados por palmeras y plantas decorativas, ajardinando el paisaje y convirtiendo a la naranja en un símbolo de Valencia. Actualmente, es un producto agrícola de tradición arraigada y calidad excepcional que ha dado lugar a la Indicación Geográfica Protegida “Cítricos Valencianos”. El naranjo produce abundantes flores y, las que caen al abrirse, forman un manto blanco que se recolecta para destilar agua de azahar, utilizada para aromatizar muchos postres mediterráneos –el gibassier francés, el roscón de reyes español, el samsa tunecino…– o para producir el aceite de esencia conocido como nerolí.
more is more
Se sorprenderá. Aunque se trate del visitante más viajado e incluso si ha visto ya imágenes de la bóveda al completo, al cruzar el umbral y del número 35 de la estrecha calle Caballeros y adentrarse en San Nicolás, la iglesia espectacularmente rehabilitada en el centro histórico de Valencia, quedará deslumbrado por el poderoso y envolvente ornamentalismo barroco de sus frescos. Sentirá el mismo impacto visual que ha impresionado a miles de personas desde que, en febrero de 2016, finalizó la profunda intervención arquitectónica y pictórica iniciada cuatro años antes y que ha recuperado con todo el esplendor de la policromía original el programa concebido por el pintor Antonio Palomino. La abigarrada pintura mural barroca desplegada sobre la austera arquitectura gótica hacen de San Nicolás el ejemplo valenciano más significativo de convivencia entre ambos estilos. La “Capilla Sixtina valenciana”, apelativo que ya se le atribuye popularmente, es la nueva visita obligada en la ciudad.
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