Cabo de Gata

Hispania Spartaria

 

almeria

 

spring-summer 2018

Es su aridez implacable –que te hace pasar de la sed a la fascinación–, su litoral abrasador de lava endurecida, su pita, su chumbera, su palmito y su espartera, lo que te hechiza. Sin embargo, no fue en sus playas ni en sus salinas ni en el desierto cercano donde encontramos la esencia de la zona, sino en la sabiduría de sus habitantes. Gente que busca la felicidad en las pequeñas cosas, el bienestar en el día a día y que mantiene vivo el saber artesano. Como Manuel, el espartero o Isabel, la jarapera. Pobladores de una tierra donde, bajo un sol feroz, naturaleza y vida tranquila se mantienen intactas.

Tradicionalmente y hasta que no fueron remplazadas por el plástico, las resistentes hojas de la atocha fueron el material con el que campesinos y pastores elaboraban sus propios utensilios, agrícolas o domésticos, para la vida diaria. “Cestos, felpudos, aguaderas, serones… aperos que se fabricaban por necesidad”, nos explica Manuel Gómez, un espartero que desde Madrid llegó a Sopalmo, una minúscula pedanía del pueblo de Mojácar, hace más de treinta años. Los días que no podían faenar, era habitual ver a algún vecino sentado a la puerta de su casa trenzando esparto. Como todos conocían la técnica, solo los especializados en piezas complejas eran considerados artesanos. “Aquí, en Cabo de Gata, lo que más se tejían eran las esparteñas con las que se calzaban ellos mismos los cabreros de la zona”, continúa Manuel. El proceso artesanal del esparto se inicia con la preparación del material. La recolección es posible el año entero, pero es preferible hacerla en julio y agosto porque las largas hojas planas y verdes han empezado a secarse, tomando su forma cilíndrica y ganando dureza. Con este esparto llamado crudo o verde, que a medida que se va secando adquiere tonos amarillos y rojizos, ya se puede trabajar. Lo habitual, sin embargo, es secarlo al sol y que coja el típico color dorado, aunque se debe volver a hidratar para poder trenzarlo.
Por ello se somete al proceso llamado de cocido que consiste en sumergirlo en agua durante más de un mes y que, al fermentar, se disuelvan las sustancias que mantienen unida la fibra. Una vez cocido el esparto y secado de nuevo al sol se golpea sobre una piedra plana con una maza de madera para deshilacharlo y conseguir que sea mucho más flexible y resistente. Se obtiene así el esparto más fino, el picado, que se usa en piezas de acabados delicados. Existen diferentes clases de trenzas, más o menos anchas y fuertes, que se emplean con cada tipo de esparto en función del objeto que se quiera conseguir. “Pero, en definitiva, la técnica básica no varía”, nos aclara Manuel. “Consiste en conseguir una trenza compacta y uniforme, tan larga como sea posible, que después se cose dándole la forma deseada: ovalada, redonda, plana…”, sigue explicando. Son trenzados de sonoros nombres, solo conocidos por los entendidos, que forman parte del castizo vocabulario espartero. Como la pleita, elaborada en esparto crudo siempre con un número impar de ramales a partir de nueve; la guita, que se hace con tres ramales de esparto crudo o picado y la clineja, un trenzado continuo de esparto picado de cinco o siete ramales. “Es un trabajo que depende mucho de tus manos, de su destreza para domar la materia”, puntualiza Manuel. “Y de su fuerza”, concluye.

Primitive Polish

El clima es casi desértico, con más de tres mil horas de sol al año, escasísimas precipitaciones y vientos constantes. Un ambiente extremadamente árido en el que almacenar y transportar agua es una necesidad fundamental. La tradición alfarera en Níjar y Cabo de Gata, la zona más seca de Almería, se originó para satisfacer esta exigencia de subsistencia. Tinajas, jarras, platos, tazas…
En esencia, cualquier tipo de cacharro de uso doméstico. Cerámica rústica que escondía un ardua fabricación artesanal y una depurada técnica decorativa árabe. Piezas de colores exóticos obtenidos de minerales de la zona –verdes del cobre, azules del plomo, amarillos y rojizos del hierro, marrones del manganeso– que el alfarero moldeaba en un torno cavado en el suelo en el que se introducía hasta la cintura.
Hoy, el vidriado nijareño original, el chinado, ha caído en desuso, pues el empleo de plomo en la cerámica se encuentra estrictamente regulado. El cuenco de la imagen, acabado con esta técnica, fue encontrado por sus actuales propietarios en el desalojo de una casa-cueva, una vivienda excavada en la roca en las laderas de los montes de Granada y Almería.

Rags To Riches

En el sureste de España, algunos pueblos pequeños y sencillos llevan siglos de ventaja a nuestro mundo digital, su profunda conciencia ecológica y sus modernos valores de sostenibilidad y reutilización. Allí, el ingenio de la tradición artesana lleva desde la civilización árabe hasta nuestros días reciclando la ropa que se desecha y transformándola en una nueva tela tejida a mano. El tejido grueso y multicolor que, en poblaciones de Almería, Granada y Murcia, ha dado una segunda vida a esas prendas inservibles se llama jarapa. El término proviene de “harapo”, pues históricamente se había confeccionado con restos de lana o trapos, en una época en la que se empleaba para cubrir el lomo de las cabalgaduras o para proteger el colchón del somier. La villa de Níjar, en la zona de Cabo de Gata, al sur de la provincia de Almería, es uno de los pocos centros de producción de jarapas donde aún se confeccionan en telares manuales.
Una tradición artesanal que se mantiene viva, aunque hoy básicamente se producen alfombras. “Antes, cuando en la casa se necesitaba una manta, una cortina o un mandil, se tejía con la ropa vieja que se había guardado, cortándola en tiras más o menos finas, según la prenda a elaborar, que se cosían entre sí para formar un ovillo”, nos cuenta la jarapera, Isabel Montoya, propietaria de tres telares artesanales, en su taller de Níjar. “Hoy el proceso es el mismo: las tiras se siguen cortando a mano, lo más laborioso,” –continúa– “pero usamos retales de las fabricas textiles”. Isabel aprendió el oficio de sus padres, quienes construyeron ocho telares para sus cinco hijos. Abrió su taller en 2001 y actualmente es uno de los dos que quedan en Níjar. “Vendemos jarapas a toda España y a infinidad de países”, nos explica. “Es una artesanía que no se perderá”.

belle sauvage

Con sus palas ovaladas cubiertas de espinas, ramificándose una sobre otra, y sus frutos brotando en el extremo, la silueta de la chumbera lleva cuatro siglos integrada en el paisaje de Andalucía, especialmente en Almería, en el árido y soleado Cabo de Gata. Fue una de las primeras especies de la América tropical que desembarcó en las costas españolas. La trajeron del Nuevo Mundo en el siglo XVI para cultivarla como alimento de la cochinilla del carmín, empleada para producir tinte. El plan no tuvo éxito y la chumbera se extendió asilvestrada, pasando a formar parte del entorno en numerosos puntos de la costa mediterránea. Sin embargo, en el caso de Almería, su introducción fue masiva debido a las políticas de reforestación de zonas áridas de los años cincuenta y sesenta. La falta de precipitaciones hizo que los cultivos de chumbera no prosperaran y finalmente se abandonaran. Hoy, la tuna, como también se la conoce, a pesar de estar catalogada oficialmente como una especie exótica invasora, es parte del ecosistema autóctono. En la zona, además de recoger sus higos chumbos, azucarados y aromáticos, se ha usado tradicionalmente como valla natural para delimitar terrenos y, retirando las espinas de las palas, como forraje.

salt of the earth
Se recolecta desde que empieza el calor hasta que el verano ya culmina –previniendo la improbable lluvia de otoño– y se amontona en una gran montaña blanca. Es la sal extraída de la albufera del Parque Natural de Cabo de Gata, una zona húmeda que se extiende en paralelo al Mediterráneo separada por una barrera de dunas y que los romanos ya explotaban como saladar. La imagen de la montaña blanca está muy vinculada a la historia de las Salinas del Cabo de Gata, pero actualmente sabemos que su presencia preserva el futuro del entorno. La actividad salinera garantiza la supervivencia de un ecosistema de extraordinario valor ecológico dentro de un parque natural declarado Reserva de la Biosfera. Gracias a la montaña blanca el flamenco rosa y centenares de especies de aves seguirán en las Salinas. Abandonar la extracción supondría asimismo renunciar a un excelente condimento de intenso color blanco y a su variedad más apreciada, de inusual pureza, la flor de sal, recogida a mano y madurada durante un año. Detener las últimas salinas de Almería, implicaría clausurar una industria que vivió años de esplendor, allá por 1907, cuando los propietarios construyeron un poblado para los trabajadores, Salinas del Cabo de Gata, hoy patrimonio etnológico.
lucky charm
Puede que no repares en él al principio, pero luego lo verás allá donde mires. Como la gran estatua de una rotonda o el pequeño colgante de una joyería. El Indalo, la silueta en la que algunos reconocen a un hombre sosteniendo un arcoíris mientras que para otros, más prosaicos, representa claramente a un arquero, se ha instituido en las últimas décadas como símbolo popular de Almería y talismán de buena fortuna. Se descubrió como una de las figuras del Neolítico pintadas en la cueva de los Letreros, un tesoro arqueológico declarado Patrimonio de la Humanidad, y con su nombre se quiso homenajear al patrón de la ciudad, san Indalecio. Sin embargo, en Mojácar, en el levante almeriense, ya lo usaban mucho antes como amuleto protector del mal de ojo, dibujándolo con almagre en las casas. Un signo con múltiples interpretaciones que no es exclusivo de Almería. En Abu Simbel existen figuras egipcias muy similares. El pueblo nativo norteamericano Cree anuncia en su profecía que los “Guerreros del Arcoíris” salvarán al mundo de la extinción: “los que preservan las tradiciones, las leyendas, los rituales, los mitos y todas las viejas costumbres de los pueblos” llegarán y la Tierra reverdecerá.
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